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LA PERDIDA DE LA GRATUIDAD

A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche” Isaías 55: 1

 La esencia de la gratuidad no es algo que se encuentre en los códigos genéticos del ser humano. Desde siempre el hombre ha mantenido aquella actividad de transacción de bienes y servicios, creando sistemas de trueques, permutas y unidades de moneda que conformaron lo hasta hoy conocido como dinero.  La compra y venta, siempre ha sido el sello de una sociedad comercializadora y con fines de lucro. Nadie podría imaginarse la adquisición de bienes o servicios sin la respectiva cancelación de algún  precio asociado. Que un supermercado distribuya sus productos de manera gratuita es un sueño absurdo e imposible.

En un plano puramente secular, vemos con absoluta nitidez esta tónica de la carencia y pérdida de la gratuidad. En el sistema económico actual que impera en todo el mundo,  todo se vende; por ejemplo aquellos  derechos básicos como el agua, la educación o la salud, que deberían ser parte del privilegio gratuito de todo ciudadano, son bienes vendibles y con vergonzosos fines de lucro en donde se usa y abusa con descaro en desmedro del pueblo. Una educación que regula su calidad según su precio o  una salud que muestra su eficacia y condiciona su eficiencia según su costo, son las muestras mas claras de la pérdida de la gratuidad cuya palabra se ha extinguido de la raza humana.

Por tal razón, el texto que escribió el profeta Isaías y  que encabeza este estudio, raya en límite de lo absurdo  a juzgar según nuestro corazón entenebrecido por causa del pecado. El concebir a Dios que gratifica a quien no tiene como comprar sus favores, aquel Padre que envió a su unigénito hijo para pagar el precio de nuestro rescate a fin de darnos gratuita salvación, es la antítesis de todas las religiones, sectas y herejías que han llenado los anales de la historia de la humanidad.

Desde pequeños nos han bombardeado con aquel “dios” lejano,  tirano y severo que bendice a aquellos que hacen méritos para alcanzar misericordia mediante buenas obras, mandas o autoflagelaciones. En otras palabras, ese “dios” es un comerciante que vende su perdón o favores a cambio de obras o donativos humanos cual trueque de antaño. Es el “dios” que no conoce la gratuidad y que su benevolencia es a cambio de algo. Por cierto, que ese “dios” no es el Dios de las santas escrituras.

Como vemos en todas las religiones, el hombre siempre tiende a querer comprar el favor divino. Debemos aceptar que la práctica central de todo el paganismo y  de todo sectarismo anti-bíblico, se concentra en la búsqueda de los favores de sus “dioses”, merced a las buenas obras y  buenas acciones. Por el contrario, el Dios de las Escrituras favorece de manera gratuita a aquel que no merece nada.

La acción innata del ser humano, de pretender comprar el favor de Dios, también se relata en la Biblia. Por ejemplo,  el caso del general del ejército del rey de Siria, Naamán.

Este hombre, sufría de lepra y luego de escuchar el consejo de la sierva de su mujer, acude hasta el rey de Israel y posteriormente al profeta Eliseo. Cuando Eliseo le indicó que tenía que lavarse siete veces en el río Jordán para ser limpio de la lepra, Naamán  no se  agradó,   porque pensaba que el profeta solo iba a  invocar a Jehová brevemente,  y al alzar su mano tocaría  la lepra para sanarla. Sin embargo, luego del consejo de sus criados, quienes le hicieron recapacitar,  Naamán decide zambullirse siete veces en las aguas del Jordán  y conforme a lo que Eliseo había dicho, la lepra fue sanada.

Inmediatamente a este hecho milagroso,  de lo profundo del corazón de Naamán,  surge aquella iniciativa espontánea y propia de todo ser humano, cual es, COMPRAR EL FAVOR DIVINO.

“He aquí ahora conozco que no hay Dios en toda la tierra, sino en Israel. Te ruego que recibas algún presente de tu siervo. Más él (Eliseo) dijo: Vive Jehová, en cuya presencia estoy, que no lo aceptaré” (2 Reyes 5: 14-16).

Aquella era una época cargada de adivinadores y magos que actuaban por dinero; el profeta rehúsa aceptarlo,  para así afirmar que fue Dios, y no él, el autor del milagro. A tal punto llega la ofensa a Dios,  en  aquellas actitudes de dar dinero “comprando” el favor Divino, que Giezi, criado de Eliseo fue duramente castigado.

Giezi, a espaldas de Eliseo, corre tras Naamán para pedirle, con una mentira,  el presente que previamente el profeta había rechazado.  Como consecuencia de este mal proceder, Giezi se volvió leproso, lo que nos confirma lo  ofensivo que significa para Dios, el no reconocer su gracia, tomando ganancia deshonesta.  (2 Reyes 5: 20-27)

El nuevo testamento,  nos relata la experiencia que tuvo el apóstol Pedro con un hombre llamado Simón ,  el que en un tiempo había  practicado la magia. Este hombre, al  ver  que por la imposición de las manos de los apóstoles se entregaba el Espíritu Santo, les ofreció dinero con el afán de recibir aquel poder;  ante esto,  la reacción de Pedro fue como la de todo verdadero siervo de Dios:

“ Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero…Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizás te sea perdonado el pensamiento de tu corazón” (Hechos 8: 20-22).

En la actualidad, debemos reconocer que tanto la actitud de Naamán, Giezi y Simón, están muy vigentes en una gran cantidad de feligreses  de toda religión e inclusive cristianos evangélicos.

Vemos por una parte,  a miles de personas que pasando por alto la gracia de Dios, no reconocen que El Señor favorece al que no merece nada y por consecuencia, siempre están intentando “comprar” el don Divino. Es en este marco de gente, donde encontramos las tan populares mandas, procesiones, peregrinajes y ventas de indulgencias del Catolicismo Romano. Tristemente, debemos reconocer que la iglesia evangélica no se ha quedado atrás en esta práctica, pues la costumbre del diezmo y la manera como enseña,  ya pasó a ser  una  verdadera compra de favores a Dios. Se enseña que si alguien le da una moneda a Dios, él devolverá dos. ¡Que insulto al Señor! Dios no es un limosnero ni comerciante o ejecutante de trueques, él es el soberano Creador y dueño de toda su creación.

Finalmente, en los relatos presentados, vemos la avaricia que ha estado cegando a muchos líderes de congregaciones evangélicas, que en gran  similitud a  la codicia de Giezi, han tomado como libertinaje la soberanía y la gracia de Dios,  e imparten “beneficios y favores”  hacia los demás,  lucrativamente. Así también, debemos reconocer que existen muy pocos como Eliseo o Pedro, quienes en una forma instantánea, rechazaron cualquier tipo de pago que pretendiera “comprar” el favor de Dios.

En resumen, el favor de Dios no se compra ni con dinero ni con méritos humanos; aquellas pretensiones son claramente visibles en los sistemas religiosos e ideologías sectarias que han abandonado los fundamentos del cristianismo bíblico.

Por otra parte, la biblia enseña:

“…de gracia recibieron, den de gracia” Mateo 10:8

Es una vergüenza escuchar programas evangélicos de buena calidad, pero que al finalizar sus estudios radiales, ofrecen su material al mas puro estilo del telemarketing, dando las cuentas corrientes y los costos asociados a sus grabaciones y libros, vendiendo la palabra de Dios. Solo falta que griten: ¡Llame ya! Ellos dicen que es solo para recuperar el material invertido, pero en la práctica no es mas una comercialización de la materia prima que le pertenece al Señor. Que hombrecitos mas avarientos; escriben libros, estudios, graban discos, dictan conferencias y simposios para lucrar con la Palabra de Dios. No me imagino al Señor Jesús o a sus apóstoles, cobrando o pasando la bolsa en cada reunión cuando predicaban el evangelio.

Hay ministerios e iglesias suficientemente robustas que perfectamente podrían bendecir a muchos aplicando el divino criterio de la gratuidad, pero NO; prefieren seguir lucrando con la Palabra de Dios, vendiendo a precios impresentables sus escritos y sus audiciones. Es tan vergonzoso todo esto, que cuando alguien  compara los precios que manejan en todos sus productos  las librerías evangélicas respecto a las seculares, se lleva una tremenda sorpresa que en definitiva explica porque el descrédito del testimonio de la iglesia en general.

El sentido de la gratuidad es la gran escasez en el pueblo evangélico. Todo es sinónimo de lucro. Todo se vende. Los templos evangélicos actuales son tan  iguales que los supermercados, con tiendas y vitrinas que venden sus productos.

Las grandes corporaciones evangélicas recaudan mucho dinero libre de impuesto (porque es importante precisar que ellos no tributan)  y más encima, todo lo vende, nunca dan nada y tienen la desfachatez de poner a Dios por testigo para sustentar sus fechorías. Para colmo, estos pastores sangujuelas usan este dinero para viajar al extranjero con su familia escudándose en argumentos de supuestos llamados misioneros. Que abuso de poder tienen estos facinerosos traficantes de almas.

La biblia en cambio, nos habla del sentido de la gratuidad. No podemos transformar la iglesia en una empresa que produce y que vende su producción; por el contrario, debemos marcar la diferencia y sorprender a un mundo incrédulo con lo absurdo de la gratuidad. Debemos dar de gracia lo que de gracia hemos recibido, debemos tal cual el Dios soberano, ofrecer sin dinero y sin precio la inefable riqueza de su gracia.

Amados hermanos, es tiempo de reivindicar el objetivo de la iglesia de Cristo,  tomando en sentido espiritual aquel látigo de la Palabra de Dios para echar fuera a todos estos sinvergüenzas y cambistas enemigos de la gratuidad y  que se han arrogado ser los guías de la iglesia, pero que la han transformado en cueva de ladrones. Es tiempo que la gratuidad, aquella providencial virtud, llene nuestros púlpitos y nuestras asambleas, dispensando la gracia de Dios, regalando incondicionalmente su palabra, bendiciendo a los hermanos de escasos recursos, apoyando congregaciones pequeñas en desarrollo y extirpando definitivamente  el lucro de en medio la iglesia.

Que la gracia de Dios nos de la fuerza y decisión para hablar este importante tema. Que así sea, Amén.

 

PEL2011

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