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LO QUE NO ES PARA DESHACER LO QUE ES

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“lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es” 1 Corintios 1: 28

 Dios todopoderoso manifiesta su gloria haciendo maravillas en lo que no califica ante los ojos de los hombres. Dios es “especialista” en mostrar su gracia en lo “que no es” para deshacer lo que es, y gratifica al que menos merece. Así lo hizo desde el principio, y así ha manifestado esta tónica a través de la historia. Dios le dice a Israel:

“No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos” Deuteronomio 7:7

De la misma manera como Dios escogió a su pueblo Israel, así ha escogido a aquellos que conforman la Iglesia. No hay méritos; y es más, éramos los más insignificantes. Por lo tanto, la elección reposa en la sola voluntad de Dios. Como alguien dijo acertadamente, “Dios no necesita nuestra calificación para ser escogido; Él escoge tartamudos, rameras, adúlteros, asesinos, estafadores o impresentables como nosotros, para calificarlos y predestinarlos a ser conforme a la imagen de su hijo” (Romanos 8:29).

Esta es otra de las tantas enseñanzas bíblicas tremendamente ofensivas para nuestro orgullo, ya que nos pone en nuestro lugar, y solo la gloria de Dios resplandece de manera exclusiva; y como la escritura nos revela que nos “amamos tanto” y que con ese abundante “amor” con el cual nos auto contemplamos, anhelando que todos sean y piensen como “uno”, rechazamos el escuchar o leer temas como estos, que enfurece nuestro orgullo. La doctrina de la gracia de Dios es una de las más ofensivas para los hombrecitos que tenemos el complejo de “diosecillos”.

A esto le debemos sumar el caldo de cultivo que se da en las iglesias contemporáneas, en donde se ponderan las supuestas capacidades y potencialidades de los creyentes, tanto así, que se presume la idea de que de nosotros depende la salvación, el mantenerla y la extensión del reino de Dios aquí en la tierra. Por tal razón, temas como estos, no tienen cabida en las congregaciones porque atentan contra la autoestima de las personas, y ofendidas emprenden vuelo a lugares donde se les adule y se les diga que son importantes e imprescindibles.

Cuando Cristo predicaba y ponía en su lugar a los hombrecitos, y en particular a los religiosos que creían que por sus propias justicias, envestiduras o sus atuendos espléndidos, tenían asegurada su redención, éstos retrocedían y abandonaban al Salvador; solo perseveraban muy pocos que demostraban que sí eran verdaderos creyentes.

“Al oírlas, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír? Sabiendo Jesús en sí mismo que sus discípulos murmuraban de esto, les dijo: ¿Esto os ofende?… Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él” Juan 6: 61-66

La Palabra de Dios es esencialmente ofensiva para destruir nuestro orgullo, y en la medida que nos sumergimos en ella, gradualmente dejamos de amarnos tanto y nos aproximamos a aborrecernos a sí mismos ya que la biblia hace cada vez más grande la convicción de nuestra bajeza y miseria. Es la única manera de empezar a comprender la gracia de Dios que escoge “lo que no es” para deshacer lo que es. Así como no podemos entender el amor de Dios, si antes no hablamos del pecado y de nuestra depravación total, de la misma forma, si no somos convencidos profundamente de nuestra miseria, jamás podremos entender que Dios escogió a lo vil, lo despreciado o lo necio del mundo para avergonzar a lo sabio.

El asunto de que el hombre se siente “calificado”, es un tema que recorre los anales de la historia de la humanidad, y proviene desde “la caída” en Génesis 3. Fue allí cuando la serpiente le dijo a Eva:

“Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal. Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella” Génesis 3: 4 – 6

Cuando Adán y Eva comen del fruto que Dios dijo que no comieran, el hombre se volvió un “diosecillo”. En palabras simples, se produce la autonomía e independencia del hombre, quien huye deliberadamente de su creador para hacer su propia voluntad. Desde ese instante, el hombre se siente importante, calificado, y la soberbia llena su mente, corazón y voluntad. Con esa naturaleza depravada intelectual, moral y espiritualmente, el hombre caído comienza a concebir a Dios como un subalterno y como aquel que otorga, a cambio de méritos, mandas o autoflagelaciones. De este modo nace la religión cuya principal ponencia es que la redención es para los mejores y calificados. Pero la infalible Palabra de Dios dice totalmente lo contrario.

Por ejemplo Caín era un “buen hombre” y tenía su propia religión; pero Dios no lo miró ni recibió con agrado su ofrenda porque se basaba en el producto de su esfuerzo, sudor y logros, lo cual, es un atentado directo a la gracia del Creador. Dios gratifica al que “no es”. En ese caso, Abel no hizo nada; pero fue aquel sustituto inocente (la oveja más gorda de su rebaño) que expió sus pecados allí en el altar; y ahí sí que Dios se agradó, porque aquello hablaba en medio de sombras de su amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

“Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas. Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya” Génesis 4: 4-5

El reconocer los méritos en aquel justifica al impío, como lo hizo Abel con aquella oveja sacrificada, es lo que produce el agrado de Dios porque allí está proyectada la complacencia del Padre en los méritos de su Hijo. Mas a todo aquel que busca, cual diosecillo, su auto redención a través de justicias propias; produce el desagrado de Dios porque aquello pretende sustituir insolentemente la obra sinigual del Señor Jesucristo. Caín pensaba que estaba calificado en sí mismo para Dios mediante el trabajo de sus manos, sin embargo, Dios no le miró con agrado a él y a su ofrenda. Pero Abel que no tenía méritos, fue calificado por Dios mediante la justicia de aquella ofrenda sacrificada en la figura de un sustituto inocente. Dios miró con agrado a Abel y a su ofrenda.

En relación a estos hermanos, debemos entender que el primogénito era Caín y no Abel (Génesis4:1-2). La primogenitura en las escrituras tiene una connotación significativa. Era el primogénito que recibía la bendición del Padre; no obstante, en este cuadro Dios escoge “lo que no es”, es decir, a Abel para hacer su voluntad hasta el día de su muerte, porque fue Abel quien agradó a Dios, y no Caín. Esto sin duda nos hace recordar el caso de Esaú y Jacob. La figura se repite; Esaú era el primogénito; un hombre trabajador y “empeñoso”, pero Dios amó a Jacob, es decir, “lo que no es” (Romanos 9: 12-13)

Finalmente, podemos agregar que la generación de Caín fue próspera y “calificada” a juzgar con los parámetros humanos. Jabal fue un próspero ganadero, Jubal un eximio artista -músico y Tubal-Caín un gran ingeniero metalúrgico (Génesis 4: 16-24). De ahí desprendemos la gran enseñanza de que, lo que para el hombre significa “calificar”,  no significa nada para Dios. Es dramático leer a continuación de este relato, que Dios revela la generación de Adán, pero solo hace referencia a Set el hijo que Dios le dio como sustituto de Abel, el asesinado; pero Caín y su simiente no aparece nunca más. Es como que nunca existió.

Otro ejemplo lo podemos ver en Noé. A pesar de que la religión pretende enseñar que los hombres usados por Dios presentaron méritos, la biblia desmorona esta idea. Noé fue escogido “sin ser calificado”.

“Pero Noé halló gracia ante los ojos de Jehová” Génesis 6:8

Este pequeño texto es uno de los más grandes de la biblia. Introduce, mediante la bendita conjunción “PERO” que aparece en toda la escritura, a un Noé que “halló gracia ante los ojos de Jehová”. Esto no significa otra cosa, si no que Noé era igual a todos los hombres descritos en Génesis 6:5, pero que Dios lo escogió por pura gracia. Como dice Pablo a los Efesios “….éramos por naturaleza hijos de ira,   lo mismo que los demás” (Efesios 2:3b). De esa esfera Dios rescató a Noé, mostrando que Él escoge “lo que no es”.

Recordemos que Noé obedece por fe, es decir, Dios le concedió el creer y tener certeza de esperanza y convicción de lo invisible. No obstante, Noé seguía atrapado en una naturaleza descompuesta que no podía heredar la gloria, es por eso que lo vemos una vez salido del arca, emborrachándose y mostrando su vergüenza en una decadente e inolvidable escena.

“y (Noé) bebió del vino, y se embriagó, y estaba descubierto en medio de su tienda” Génesis 9:21

Aunque algunos insistan en pensar que Noé no sabía que el mosto embriagaba, la escena es solo una; Noé se embriagó y mostró su desnudez con todas las consecuencias que aquello significó para su hijo Cam y su nieto Canaán. Noé no fue salvo por obras, sino que por gracia. Dios escoge “lo que no es para deshacer lo que es”.

En la misma línea de este análisis, podríamos hablar de muchos otros ejemplos que las escrituras nos entregan. Hablemos un poco de Sara. En principio era “Sarai” la esposa de Abram quien “creyó a Dios” y su fe le fue contada por justicia (Romanos 4:3). Todo lo que hizo abram en su iniciativa y esfuerzos, lo hizo mal, pero cuando creyó en las promesas y tuvo convicción firme aun no viendo nada, todo salió bien para la gloria de Dios. Él fue escogido para ser padre de la nación de Israel y también padre de multitudes porque la biblia dice que en abram “serán benditas todas las naciones de la tierra” (Génesis 22:18), pero su esposa era vieja y estéril (Génesis 11:30, 21:2)

Quizás la pregunta más lógica de todos nosotros ¿por qué Dios escoge a una mujer vieja y estéril para llevar descendencia? Obviamente debería haber sido una mujer joven fértil, lozana y saludable. Eso es lo lógico y lo que encaja apropiadamente en nuestra mente. Pero Dios que hace todo para su gloria, escoge a una mujer que no está calificada ni es competente para esa carrera. El escoge a una mujer “vieja y estéril”, es decir, “lo que no es para deshacer lo que es”. Recordemos que ella se rio dos veces; primeramente la risa de incredulidad (Génesis 18:12) Esta es la risa de incredulidad muy lejos de la fe. Es la confianza en sus propios recursos y capacidades, pero absolutamente distante de la certeza de esperanza y convicción de lo invisible. En definitiva es la risa en la cual todos, de algún modo caemos, poniendo en duda que el Dios todo poderoso puede hacer algo de lo que humanamente esta descalificado.

La segunda risa, es de alabanza (Génesis 21:6). Es la que produce el triunfo de la fe, ya que radica en la esperanza de lo imposible. La gloria no es para el hombre insensato que no cumple sus promesas, sino que es para Dios, quien siempre cumple lo que promete. El cumplió la promesa de dar un hijo a Abram a través de su esposa; la “vieja y estéril”, para deshacer lo que para el hombre es calificado o competente. Dios se glorifica escogiendo “lo que no es para deshacer lo que es”. Recordemos en esta misma perspectiva a otras mujeres que aparecen en la biblia. Por ejemplo, Rebeca que era de la siguiente generación que debía mantener la simiente de la promesa, también era estéril (Génesis 25.21), Raquel también era estéril (Génesis 29:31), Ana la madre de Samuel también no podía tener hijos (1 Samuel 1: 1-5) Como vemos, la tónica de Dios demuestra con evidencias indiscutibles que Él escoge “lo que no es para deshacer lo que es” y para que todo sea para su gloria.

“El que se gloría, gloríese en el Señor” 1 Corintios 1:32

La biblia presenta otro hecho indiscutible en este mismo marco. Dios escoge a un tartamudo para ser el líder de la gran liberación del pueblo de Dios Israel de la esclavitud del faraón en Egipto.

“Entonces dijo Moisés a Jehová: ¡Ay, Señor! nunca he sido hombre de fácil palabra, ni antes, ni desde que tú hablas a tu siervo; porque soy tardo en el habla y torpe de lengua” Éxodo 4: 10

Moisés argumenta que no estaba apto para este llamamiento debido a la limitación de su lengua. Algunos piensan que Moisés era tartamudo, y es lo más probable, pero cualquiera que hubiese sido el problema que él tenía, era una limitación que le impedía ser el vocero de Dios ante faraón. Sin duda, que ninguno de nosotros hubiese escogido a Moisés para una tarea así. Pero Dios no es como nosotros y no actúa conforme a nuestra lógica. Él resalta su poder y su excelencia en medio del fracaso, la debilidad y las limitaciones de los hombres. Él deposita su tesoro en vasos de barros.

“Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros” 2 Corintios 4:7

Moisés se declara no apto; quizá por miedo o por comodidad, pero una cosa es concreta, humanamente hablando, él no era la persona apropiada. Sin embargo, Dios en su infinita sabiduría escoge a este hombre asesino que huyó de Egipto despavorido al desierto. Este hombre era el designado por Dios, y aún, con toda la limitación que él tenía, fue usado poderosamente. Dios nuevamente confirma que no necesita a personas calificadas o competentes porque Él escoge “lo que no es para deshacer lo que es”.

El antiguo testamento se nutre de casos así. Escogidos como Gedeón el pobre de Manasés, Rut la moabita, David el pastor poco cotizado por su padre, más conocido como aquel que adulteró con Betsabé la mujer de Urías el Heteo, o aquel Amos el boyero, son personas no calificadas, pero que la gracia de Dios los hizo competentes a cada uno según el propósito, y para la gloria del Soberano. Hombre y mujeres que con sus propias debilidades y miserias, fueron usados por Dios demostrando con ellos que Él escoge “lo que no es para deshacer lo que es”. Ahí tenemos el caso extraordinario de la experiencia del deprimido David que luego de una seguidilla de errores y fracasos, llega a asilarse en una cueva, y que junto a otros “cuatrocientos buenos para nada” conformaron un ejército capacitado por Dios todopoderoso.

“Yéndose luego David de allí, huyó a la cueva de Adulam; y cuando sus hermanos y toda la casa de su padre lo supieron, vinieron allí a él. Y se juntaron con él todos los afligidos, y todo el que estaba endeudado, y todos los que se hallaban en amargura de espíritu, y fue hecho jefe de ellos; y tuvo consigo como cuatrocientos hombres” 1 Samuel 22:1-2

Pero el mejor ejemplo es el de nuestro amado Señor Jesucristo. Él es el más maravilloso de los referentes, porque siendo Santo, se revistió de humillación y fragilidad para llevar a cabo con eficacia la obra que su Padre le había encomendado desde la eternidad.

Jesús nace en el seno de una familia pobre de Belén (Mateo 2:1), y por ser pobre, para Él no hubo lugar en el mesón (Lucas 2:7), lugar donde las personas podían hospedarse dignamente. Jesús fue recibido en un pesebre. El creció en una localidad llamada Nazaret, la cual era considerada de tercera o cuarta categoría social (Juan 1:46). Jesús creció allí y fue conocido como “el hijo del carpintero” (Mateo 13:55). Como vemos, el Rey de reyes y Señor de señores se humilló hasta lo sumo haciéndose “nada” para deshacer “lo que es”.

“Y se maravillaban los judíos, diciendo: ¿Cómo sabe éste letras, sin haber estudiado?” Juan 7:15

Los que lo oían se maravillaban debido a que un humilde “hijo de carpintero” proveniente de una localidad marginal como Nazaret, pudiera hablar de la manera como lo hacía Jesús. El, con su fidelidad a la Palabra que le había sido encomendada por su Padre, dejaba atónitos a quienes creían y a quienes no; es el más grande de los referentes que confirman que Dios escoge “lo que no es para deshacer lo que es”.

A esto podríamos agregar el grupo que “reclutó” El Señor Jesucristo para su ministerio durante tres años y medio prácticamente. El escogió de entre pescadores, recaudadores de impuestos (publicanos), ociosos, pobres de espíritu, estafadores e incrédulos, para conformar el grupo de sus discípulos, y alguno de ellos llegaron a ser sus apóstoles. El no escogió de lo mejor de la sociedad, sino que lo peor. Aún más, aquellas personas que gozaban de poder y ser parte de la alta sociedad de aquella época tenían una pésima impresión de aquellos que seguían a Jesús:

“Entonces los fariseos les respondieron: ¿También vosotros habéis sido engañados? ¿Acaso ha creído en él alguno de los gobernantes, o de los fariseos? Mas esta gente que no sabe la ley, maldita es” Juan 7: 47-49

El tema de la diferencia de clases sociales aparece marcadamente en las sagradas escrituras, y precisamente la región de Galilea por donde se movía principalmente nuestro Señor Jesucristo, era considerada socialmente de baja categoría. De allí nuestro Señor escoge “lo que no es, para deshacer los que es”.

Otros decían: Este es el Cristo. Pero algunos decían: ¿De Galilea ha de venir el Cristo?… Respondieron y le dijeron: ¿Eres tú también galileo? Escudriña y ve que de Galilea nunca se ha levantado profeta” Juan 7: 41-52

“Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan? ¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido” Hechos 2:7-8

Es curioso, pero hoy la iglesia presenta una premisa tan distinta a la tónica de Dios; es lamentable escuchar a predicadores y pastores que dicen necesitar gente calificada (por los hombres) y profesionales para hacer eficiente la “propagación de reino de Dios”. Ellos ponderan y exhiben sus “cartones” de abogado, médicos o arquitectos, como que eso fuera importante y necesario para El Señor y para la obra de la iglesia. No obstante, aquello es otra de las aristas de “la ruina de la iglesia”, la cual será arrebatada no por méritos, sino que por pura gracia. Atrás quedarán todos los “laureles, condecoraciones, honores o clase social” en los cuales “los hombrecitos” se recrearon durante su existencia.

La verdad es que Dios no necesita la calificación del hombre, él escoge lo vil lo despreciado y lo necio del mundo para avergonzar a lo sabio. Recordemos que una de las evidencias de la marcada diferencia de clases en el tiempo del ministerio del Señor Jesús, eran los alimentos. El pan de trigo podía ser adquirido por aquellos que tenían recursos, pero el pan de cebada era usado por la clase pobre.

“Aquí está un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos; mas ¿qué es esto para tantos?” Juan 6:9

Este es el afamado episodio del milagro de la multiplicación del pan y de los pececillos. Que interesante es analizar cuidadosamente el pasaje. El pan era de cebada. El muchacho era pobre y no traía peces, sino que “pececillos”. Lo más básico y económico. En otras palabras, es como que alguien exhiba en la actualidad cinco panes corrientes y dos merluzas. Cristo no necesita un pan refinado ni un pez de selección como aquellos de paladares de alta sociedad, sino que usa lo más básico; “lo que no es, para deshacer lo que es”.

Así podemos recorrer muchos pasajes que hablan de esto; Cristo comía con publicanos y rameras (Marcos 2:15-16), Habló en extenso con una mujer samaritana (Juan 4: 1- 42), escoge a pescadores (Mateo 4: 18-19), a un publicano (Mateo 9:9) a un estafador (Lucas 19: 5-6), perdona a una adúltera (Juan 8: 11), montó un pollino prestado (Mateo 21:2) y fue sepultado en una tumba prestada (Mateo 27: 57-60). Este es nuestro Señor y Salvador que vivió y murió en humillación legítima y todo para cumplir la voluntad del Padre quien escoge “lo que no es, para deshacer lo que es”.

“Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” 2 Corintios 8:9

Que la gracia de nuestro Señor y Salvador Jesucristo nos permita estar atentos a esta reflexión. Que así sea. Amén.

PEL12/2015

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