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NO HAY JUSTO NI AUN UNO

“Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda. No hay quien busque a Dios” Romanos 3: 10-11

En las últimas semanas hemos sido conmovidos por la partida a la eternidad de dos afamadas personalidades públicas cuyas carreras no pasaron desapercibidas. En este caso dos hombres,  líderes en sus propios ámbitos y queridos por muchos,  han cruzado el umbral de la muerte y ya no hay marcha atrás.

 Esta realidad es diaria, no obstante, cuando las figuras que fallecen son públicas, parece ser que el tema de la muerte y de la fragilidad de la vida nuevamente toma el lugar e importancia que siempre debería tener en nuestra vida.

La muerte, es aquella enemiga y visita  indeseada  que acompaña al hombre desde los albores de su creación, y que la biblia enseña que entra al escenario de la humanidad única y exclusivamente por causa del pecado.

 “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” Romanos 5:12

 No es frecuente escuchar homenajes póstumos que hablen sobre el origen de la muerte y del pecado del hombre. Por el contrario, la retórica humanista y antropocéntrica del hombre solo se limita a ponderar las supuestas virtudes y justicias propias de cada individuo que ha fallecido. Para la humanidad que vive a espaldas de Dios Todopoderoso y de su Palabra, todos los muertos fueron excelentes y dignos de destacar; padres, esposos, hijos o profesionales ejemplares que merecen su reconocimiento y alabanza, y en algunos casos inclusive, merecedores de una que otra escultura o busto que los perpetúe por generaciones.

 No obstante,  ante esta tónica recurrente del hombre, la muerte sigue y seguirá siendo el testimonio de que todos nosotros somos pecadores,  y prueba de ello, es que todos moriremos. La palabra muerte significa separación; el cuerpo se separa de nuestro ser etéreo, alma y espíritu, pero también la separación de familias, de seres queridos, de amigos, etc. La biblia describe a la muerte como un aguijón (1 Cor. 15: 55-56) con el cual todos nosotros algún día seremos atravesados. La muerte es la prueba de la demanda de la colosal  justicia de Dios Santo.

  “Porque la paga del pecado es muerte…” Romanos 6:23a

 El problema de este tema que es parte de nuestra vida, es que nosotros los seres humanos no deseamos hablar la verdad respecto a este asunto. En lugar de escuchar la infalible Palabra de Dios, el hombre  opta por el opio de la religión que presenta sus fábulas y sus artificios a fin de adormecer nuestra conciencia. Se habla de que un pianista fallecido seguirá tocando su piano en el cielo, o que el eminente  poeta seguirá escribiendo sus prosas  en la eternidad, etc. Pero la biblia no habla de aquello.

La infalible Palabra del Señor enseña que después de la muerte hay dos destinos eternos; La vida eterna con Dios o a la muerte eterna separados de Dios.

 “E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna” Mateo 25:46

 En este pasaje no solo se revela de manera literal aquellos dos caminos eternos, sino que aparecen aquellos “justos” que irán a la vida eterna. No obstante, el texto selecto de las santas escrituras que encabeza este artículo dice que “no hay justo ni aún uno” Y no solamente eso, sino que “no hay quien entienda y no hay quien busque a Dios” Rom. 3: 10-11. Esta aparente contradicción se aclara firmemente cuando observamos todo el contexto que la biblia entrega.

 La santa escritura señala la incompetencia moral, intelectual y espiritual del hombre frente a Dios. Moral, porque no hay justo ni aún uno; intelectual, porque no hay quien entienda, y espiritual, porque no hay quien busque a Dios.

Aun cuando el hombre insista en auto referirse con supuestos méritos y ensalzar a otros, especialmente recién fallecidos,  la biblia se encarga de desmoronar aquella soberbia y altivez delante de Dios.

 “Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento” Isaías 64:6

 La biblia precisa que la humanidad toda,  está descompuesta por causa del pecado y por consecuencia nuestro destino es la muerte. No existen justicias ni obras que el hombre pueda hacer para merecer la entrada a aquella vida eterna que la biblia enseña. Y en ese terrible diagnóstico estamos insertos todos nosotros; en otras palabras, no solo descubrimos en el texto sagrado que no hay justo ni aun uno, sino que todos estamos destituidos de la gloria de Dios, es decir, separados de Dios, y como la palabra “separación” en la biblia es sinónimo de muerte;  estamos muertos delante de Dios.

 “…por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” Romanos 3:23

 “…muertos en vuestros delitos y pecados” Efesios 2:1b

 Esta es la realidad que debemos aceptar urgentemente. Es tiempo de abandonar el opio de la religión que enseña al igual que la producción Disney que “todos los perritos se van al cielo”. Esta enseñanza es lo que configura LA mentira que se pone como una verdadera anti tesis a LA verdad. Mientras el hombre ha insistido a través de los siglos que es capaz de hacerse merecedor de la entrada a la vida eterna, la Palabra de Dios insiste en decir que no es así.

 Ahora bien, retomando el texto base de  nuestro estudio y considerando que la biblia enseña que no hay justo ni aún uno, salta la pregunta lógica: Entonces ¿Quién podrá ser salvo si no hay justo ni aún uno?

La respuesta está en la propia infalible Palabra de Dios, cuya esperanza reposa en la obra redentora del Señor Jesucristo en la cruz del Gólgota.

 “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” Romanos 5:8

 Este es uno de los pasajes más claros en cuanto a responder aquella pregunta formulada anteriormente. La salvación de los pecadores descansa en la muerte de aquel sustituto inocente que lleva nuestras culpas. En otras palabras, todo aquel que reconoce delante de Dios que es culpable de sus pecados y confiesa la necesidad de la salvación en Cristo Jesús, aquel pecador se transforma en un “justo”, y no por sus propias obras, sino que por la justicia del Salvador.

 No obstante, este evento viene a ser un extraordinario milagro y manifestación sobrenatural, ya que en la propia genética y códigos morales del hombre caído en pecado, no existen los conceptos de confesión, de legítimo perdón y de reconocimiento de su incompetencia. El que un ser humano reconozca que es un pecador miserable, digno de muerte y del castigo eterno, y que confiese a Jesucristo como su única salvación, de verdad que es un hecho sobrenatural.

 “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” 1 Juan 1:8

 “Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros” 1 Juan 1:10

 Todo hombre que niega que es un pecador, solo revela que es un mentiroso y blasfema contra Dios. El hecho de que los hombres se solacen en sus propias justicias, solo manifiestan su enemistad con Dios. Lamentablemente, todos aquellos que mueren en esa condición pasan a la eternidad sin Dios, es decir, la separación o muerte eterna.

 Pero al contrario, aquel que reconoce que no hay justo ni aún uno, y que la única manera de recibir justicia es exclusivamente a través de la obra redentora de Jesucristo en la cruz del Gólgota, gozará de la reconciliación con Dios y si muere,  pasará a la eternidad con Dios para vida eterna.

 Hay un pasaje muy ilustrativo en la biblia que nos presenta  el tema que estamos abordando en este artículo. El texto trata de un joven que llega a conversar con El Señor Jesucristo.

 “Al salir él para seguir su camino, vino uno corriendo, e hincando la rodilla delante de él, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios” Marcos 10: 17-18

 La biblia señala que esta persona  era un joven rico, quien al inclinarse ante Jesús presentó sus propias justicias para ser salvo. Tanto es así, que la pregunta del joven indica: “¿Qué haré para heredar la vida eterna?”. La Palabra de Dios enseña con mucha precisión que no hay nada que Ud. o yo podamos hacer para ser salvos. No obstante, esta es la actitud propia de nosotros los seres humanos que pretendemos ganarnos el favor de Dios con obras.

La biblia abunda en pasajes literales que señalan que la salvación no es por obras ya que ninguno de nosotros puede satisfacer las demandas de la justicia de Dios.

 “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” Efesios 2:8-9

 Cuando el joven rico se presenta ante El Señor, le llama “maestro bueno”. Sin embargo, Jesús le pregunta: “¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios”. De esa manera, el Señor establece la confrontación del evangelio.

Hermanos, el evangelio no es una invitación ni un cúmulo de lisonjas de manera de cautivar a los hombres para su autocomplacencia, por el contrario, el legítimo evangelio es aquel que nos confronta y nos redarguye.

 El Señor Jesús nos deja un tremendo ejemplo y legado, ya que toda su vida se enmarca en una obediencia irrestricta a las santas escrituras. De hecho Él siempre decía a quienes lo confrontaban o pedían razón de su enseñanza: “Escrito Está”. Justamente eso fue lo que hizo cara a cara con el joven rico, le citó la santa escritura, poniendo como columna la declaración de que no hay justo ni aún uno.

 “No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” Salmos 14:3

El joven pensaba que era justo en sí mismo. Cuando Cristo le dijo que debía guardar los mandamientos, él proclamó “todo esto lo he guardado desde mi juventud”, no obstante, aquellas palabras carecían de veracidad, ya que su corazón estaba en sus riquezas, y prueba de ello, fue que este joven se alejó del Salvador muy  triste luego de que Jesús le pidió que vendiera todas sus pertenencias para repartirlas a los pobres. El joven era muy rico, pero con todo su dinero no podía gozar de vida eterna. Sus justicias y sus pertenencias no alcanzaron para satisfacer las demandas de la justicia de Dios.

 Así como este joven, el ser humano se auto engaña  creyendo que sus propias justicias y sus obras le podrán salvar. Más aún, la mentira de la religión se presenta como una mortaja espesa que aturde a los oyentes en medio del funeral del pecador que ha pasado a la eternidad, sellando los discursos y homilías con el clásico “descansa en paz”. Pero ¿Cómo podemos saber si realmente tal o cual persona que ha fallecido, está descansando en Paz?

 La única manera de partir a la eternidad con la seguridad de vida eterna, es que ahora en vida el individuo confiese que es un pecador miserable y merecedor del fuego eterno que advierte la biblia, y que pida perdón por ser pecador delante de Dios para que pueda reposar su esperanza en la justicia de Cristo Jesús,  quien hizo la única obra legitima que satisfizo las demandas de la justicia de Dios.

 “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” 1 Juan 1:9

 No podemos quedar indiferentes ante la continua mentira que acompaña los sepelios de los seres humanos. Mientras la mentira se enarbola entre discursos y exposiciones de méritos, virtudes y obras de los hombres, la verdad de Dios se mantiene en silencio porque los portadores del evangelio actuales no quieren incomodar ni ofender a nadie y pretenden convencer en base a la diplomacia.

 Amados hermanos, es tiempo de sacudirnos del evangelio lisonjero y diplomático, y es necesario reformar nuestro mensaje a fin de predicar el evangelio puro y lacerante que confronta nuestro corazón de manera que lo golpea como martillo que quebranta la piedra. ¿Acaso no es eso lo que enseña la infalible Palabra de Dios?

 ¿No es mi palabra como fuego, dice Jehová, y como martillo que quebranta la piedra? Jeremías 23:29

Hoy el evangelio es una invitación en lugar de mandamiento; es una diplomacia en lugar de confrontación; es un producto que se vende en lugar de dispensarlo gratuitamente. Por lo mismo, es estrictamente urgente y necesario que gritemos a los cuatro vientos de que no hay justo ni aún uno y de  que si morimos sin ser justificados por medio de la sangre que El Señor Jesucristo derramó en la cruz del Gólgota, pasaremos al eterno castigo y separación de Dios. Debemos enseñar que es una mentira que los muertos sin Cristo descansan en Paz, y que esta solo se logra a partir de la justificación en Cristo Jesús.

“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” Romanos 5:1

 El evangelio falso, diplomático y condescendiente con el pecado, es atractivo para el hombre natural,  ya que este se ajusta a sus propios códigos de moralidad, tan igual como un traje hecho a la medida. Es una exposición sistemática de los méritos y capacidades que los hombres,  “de buena voluntad” como reza el verso católico, le ofrecen a Dios a cambio de recibir sus bendiciones. Es la acumulación de litros de sudor luego de largas faenas de buenas obras que pretenden sustituir insolentemente la muerte de Cristo en la cruz,  la única obra que es aceptada delante del Dios soberano. Es la copia más fiel de la ofrenda que ofreció Caín, la cual fue rechazada por El Señor.

 Amados hermanos, la biblia enseña que no hay justo ni aún uno, por lo tanto, prediquemos desde ahora en adelante la justicia de Dios en Cristo que es la única vía para que un pecador miserable y merecedor del castigo eterno, como todos nosotros los seres humanos, reciba el perdón de sus pecados y al momento de su muerte pueda partir a la vida eterna con Dios. Ahí sí, que podremos decir con toda propiedad y en conformidad a la santa escritura,  que el tal “descansa en paz”.

 Que la gracia de Dios le abra su corazón para entender y atesorar este importante tema. Que así sea, Amén.

 PEL 09/2013

 Versión en audio

 

 

 

 

 

 

 

One Response to NO HAY JUSTO NI AUN UNO

  1. avatar Marlen dice:

    Amen aleluya bendiciones siervo gracias por abrir los ojos de personas. Que estan ciegas espiritualmente

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