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EN MEDIO DEL FRACASO…nadie nos habló de esto antes…

INTRODUCCIÓN

 ¿Qué es el fracaso? Podría ser la primera pregunta que encabece este estudio. Tal vez una definición sencilla sería algo así como frustración o ruina de alguna idea, proyecto o plan que alguien se haya propuesto realizar. No obstante, creo que la mejor y mas acertada  definición que puede haber, la entrega la Biblia y se llama pecado y cuya etimología denota la acción de errar al blanco.

 El fracaso del hombre proviene desde los albores de su creación, cuando en lugar de escoger obedecer a Dios, decide desobedecerle aún a sabiendas de las consecuencias de tal acto (Génesis 3). Desde allí comienza la generación del fracaso y todos los seres humanos hemos heredado aquella caída naturaleza de nuestros primeros progenitores.

 No obstante, nunca hemos visto un tratado o leído un ensayo que nos hable de algo que parece no ser parte de los matices de nuestra vida; me refiero al fracaso.

Desde muy pequeños, nuestros padres nos preparan para el éxito. Éxito en los estudios, éxitos en las competencias y  concursos, éxito en lo profesional, sentimental y familiar. Nada ni nadie nos hizo pensar en la posibilidad del fracaso y en la necesidad de capacitarnos para tal experiencia.  Nunca escuché un consejo de mis padres respecto al que hacer en medio del fracaso. No estamos preparados para el fracaso. No existen tratados de restauración, sino solo preventivos. Nunca hubo un manual o una experimentada instrucción acerca de este tema que tarde o temprano, en una u otra área de nuestra vida, tendremos que vivir.

 En el caso de los incrédulos, las tinieblas no permiten diferenciar las aristas de los fracasos y el altivo corazón sin la intervención del supremo Cirujano, niega la convivencia con el ente del fracaso.

En el caso de los creyentes, es la luz de Cristo que evidencia cual radiografía médica, las raíces y orígenes de nuestros fracasos.

Cuando llegamos por primera vez  a Cristo, tal vez alguien nos hizo pensar que no existirían más los problemas y que todo se convertiría en color de rosas, pero nadie nos advirtió de las espinas que éstas tienen y que en el evangelio y por causa de él, se experimentan muchas veces  los más nítidos y rotundos de los fracasos.  El primero, se experimenta al corto tiempo de la conversión cuando el nuevo creyente descubre que su antigua naturaleza aún reclama su primitivo lugar. Es aquel clamor desgarrador de un honesto y  genuino apóstol Pablo que decía:

 “…pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7: 23-24)

Comúnmente, desde los púlpitos solo se escuchan las exhortaciones, instrucciones, los requisitos y los ingredientes necesarios y suficientes para evitar los fracasos, sin embargo, escasean las voces experimentadas que exhorten, instruyan y consuelen en tiempos de fracasos y angustia. Existen elevados y nutridos ensayos teológicos a fin de formar hijos ejemplares, padres ejemplares, matrimonios ejemplares, líderes ejemplares o ciudadanos ejemplares, pero nadie se atreve a tocar la otra cara de la moneda; la cara triste y oscura del fracaso  ¿Es que acaso existen hombres que nunca han fracasado y no han degustado la amargura de no haber agradado a Dios en alguna oportunidad?

 Es muy poco común escuchar confesiones acerca del fracaso, y es solo el exitismo en todas sus aristas lo que ostentamos engañándonos a nosotros mismos. Que buena hora es detenerse y meditar en la necesidad de establecer principios y formas para enfrentar los tiempos de fracasos.

 La Biblia es un compendio que contiene en sus 66 libros la continua situación del fracaso del hombre y la gracia de Dios para salvarlo en Cristo. En eso se resume básicamente todo libro de las escrituras.

Conjuntamente  con ello, las escrituras presentan un seguido ensayo de restauración que como una bandera se enarbola en medio del fracaso del hombre. Sin fracaso, no hay gracia y no hay misericordia. Pablo decía:

 “Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza”  Romanos 15:4

 “Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos. Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” 1 Corintios 10: 11-12

 Las cosas escritas en la Biblia han sido dadas por Dios como un verdadero manual para cultivar nuestro aprendizaje, la paciencia y tener consolación en los momentos de angustia cuya causa deriva casi siempre de nuestra propia desobediencia. Dios en su soberanía y su voluntad permisiva, permite eventualmente el descenso a fin de nadie se jacte y que cada creyente compruebe y deguste  su eterna fidelidad y la potencia de su gracia.

La herencia de la religión

 Siempre se nos enseñó acerca del carácter heroico y épico de los grandes hombres de la Biblia. Noe, Abraham, Moisés, Josué, entre otros, fueron forjados en nuestros religiosos corazones como ejemplos de hombres extraordinarios y de hecho, es así, pero siempre el énfasis estuvo en la capacidad humana solamente. Nunca se nos enseñó la causa del porque estos hombres dejaron una huella extraordinaria y digna de reconocimiento.

 La religión (sea cual sea) siempre ha insistido en que el hombre tiene méritos delante de Dios y que una vida abnegada,  fiel entrega y dedicada devoción, a la postrer cautivan el corazón de Dios haciendo que éste les otorgue sus favores merced a sus buenas obras. Con este argumento, la gracia de Dios queda en absoluta obsolescencia. El orden, según la religión, es que el hombre busca a Dios.

 Sin embargo, la Biblia nos presenta algo totalmente distinto. En primer lugar, se encarga de presentar a hombres y mujeres que fueron usados por Dios, NO porque hayan sido mejores ni con méritos especiales, sino porque “hallaron gracia delante de sus ojos”. Solo observemos el caso de Noe:

 Pero Noé halló gracia ante los ojos de Jehová” Génesis 6:8

 La palabra gracia, significa “favor no merecido” (desmerecido), por lo tanto cuando la Biblia habla de lo que pasó con Noe, nos enseña que el pacto no fue establecido en virtud de los méritos del hombre, sino que fue sustentado sobre la base de la misericordia de Dios y del puro afecto de su voluntad (Efesios 1: 5).

Por lo tanto, todos aquellos, cuyos nombres quedaron destacados en las escrituras por sus vidas piadosas y ejemplares, fueron usados, llamados y capacitados por Dios para un propósito definido y cuyo final de todo fue glorificar al único que merece todo honor y alabanza y ciertamente, este no es el hombre. Por consiguiente, según la Biblia y a diferencia diametral con la religión, el orden es que Dios busca al hombre pecador.

 Una vez aclarado este punto, recién podemos analizar cada historia y episodio de hombres y mujeres que aparecen en la Biblia, las diversas experiencias y propósitos que Dios pactó con cada uno de ellos y al final, solo podemos observar el gran común denominador del hombre; el fracaso. Todos fallaron, todos fracasaron porque todos somos portadores del germen del pecado (Romanos 3:23)

 Tan solo basta con recordar a un Abraham con sus desaciertos y mentiras que dejaban al descubierto la frágil consistencia con Dios, o un desconsolado y desorientado Elías que por las amenazas de una mujer, huye despavorido hacia el desierto para “salvar su vida” dejando atrás todo recuerdo del respaldo de Dios manifestado sobrenaturalmente ante la expectación de  cientos de  falsos profetas de baal. Tal vez recordar a un fracasado rey  David o un Salomón que termina sus días en la ruina mas conmovedora, viene a ser solo un mínimo de argumentos para decir con fuerza que Dios sí tiene mucho que decirnos acerca del fracaso, de las causas, del aprendizaje que debemos obtener de ello y por sobre todas las cosas, de la abundancia de sus piedades, de su amor, de su misericordia, de su gracia y de su eterna fidelidad en sus promesas.

  Dios nos quiere decir que estará con nosotros,  no solo en los momentos de bonanza o estrecha relación que podamos tener con él, sino aún en aquellos momentos más adversos y contradictorios de nuestra vida. El permanece eternamente fiel.

 Los amigos de Job y la gracia de Dios

 Que distintos resultados se obtienen al analizar este libro entre el prisma religioso y el  del punto de vista bíblico sobre la base de la gracia de Dios.

Si lo vemos religiosamente, jamás descubriremos cuando opera la gracia de Dios y solo observaremos que Job era un hombre extraordinario y que a pesar de todo resiste la prueba, la angustia y el dolor, para finalmente coronar su paciencia con la restauración debido a sus méritos. También nos detendremos en validar y caer en la misma retórica y argumentación de sus amigos Bildad, Zofar y Elifaz que lo único que hicieron es enrostrarle su pecado sin misericordia. Esto me trae a la memoria la admonición apostólica cuando dice:

 Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado” Gálatas 6:1

 ¿Cuantas veces esta situación ocurre en medio de  las filas de los creyentes? Cuando vemos a un hermano caído, lastimado, herido por el pecado y cruzando el valle del fracaso, en lugar de callar y actuar con el espíritu restaurador que opera el evangelio, erigimos el más solemne e hipócrita de nuestros sermones que termina por ser una cruel lápida que sepulta a nuestro débil y decrépito hermano.

 Lejos de la óptica religiosa que en nada aporta a la relación del hombre con Dios, es importante precisar que la experiencia de Job declara la íntima relación de un verdadero creyente que a pesar del extremo de la prueba y aún en medio de la contradicción de sus reclamos y hasta blasfemias, es decir, en medio del pozo del fracaso, la eterna fidelidad de Dios y de su gracia, se mantienen inmutables y disponibles en ese encuentro en el cual no puede participar nadie mas, ni aún los mas cercanos y amados. Es el encuentro a “solas con Dios” que Job tuvo que experimentar en el más rotundo de sus fracasos para luego poder ensalzar al dador de toda dádiva y reconocer que los méritos son exclusivamente de él. No en vano esta la más profunda de las declaraciones de un Job que ya no sustentaba su relación con Dios en lo que él podía hacer o dejar de hacer, sino que en la bondad  y en la misericordia de Dios:

 “Y respondió Job a Jehová, y dijo: Yo conozco que todo lo puedes, Y que no hay pensamiento que se esconda de ti. ¿Quién es el que oscurece el consejo sin entendimiento? Por tanto, yo hablaba lo que no entendía; Cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía. Oye, te ruego, y hablaré; Te preguntaré, y tú me enseñarás. De oídas te había oído; Mas ahora mis ojos te ven.  Por tanto me aborrezco, Y me arrepiento en polvo y ceniza” Job 42:1-6

 Dios utiliza los fracasos del hombre para derribar el altivo corazón y establecer aquella íntima relación en un corazón ya no de piedra, sino que trasformado en uno nuevo,  contrito y humillado.

 SU FIDELIDAD: CUANDO MAS LA NECESITAMOS

 “…Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas” Jueces 1:9

 La relación que Dios establece con los suyos es de una fidelidad extraordinaria. Jamás las promesas de Dios se han sustentado en la diligencia o fidelidad de los hombres, mientras que éstos  prometen y fallan, él permanece fiel.

 La promesa entregada a Josué tiene exactamente el mismo y bendito ingrediente; su eterna fidelidad. “…Dios estará contigo dondequiera que vayas”, y esta  promesa se cumplió aún cuando Josué le falló y cuando más lo necesitaba, lo que comprueba que la eterna  palabra de Dios permanece para siempre.

 ¿Qué haríamos si las promesas de Dios fueran cual póliza de garantía cuya validez está sujeta al cumplimiento de los requisitos para hacer uso de ella? ¿Si cumplimos con ellos, obtenemos las promesas, de lo contrario hemos perdido toda cobertura?

 Los designios de Dios distan mucho de nuestra lógica humana y por lo tanto, no operan en virtud de la capacidad o meritos humanos. Al contrario, Dios se glorifica cuando mas se hace notoria la potencia de su gracia.

 Pablo presenta este argumento de la siguiente manera:

 “Si fuéremos infieles, él permanece fiel; El no puede negarse a sí mismo” 2 Timoteo 2:13

 Este texto  es un verdadero himno a la fidelidad de Dios que desmorona toda una pesada y fuerte estructura de religiosidad que mana de lo más profundo del corazón de los hombres. Nuestro corazón insiste en recompensar los dones de Dios, manteniendo aquel código religioso que se contrapone soberbiamente  a lo que con tanta fuerza presenta la Biblia:

 ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Romanos 11:35

 La fidelidad de Dios es incondicional a la nuestra,  y la potencia de su amor, gracia y misericordia se manifiestan como unos verdaderos heraldos que entonan el cántico de la gloria de Dios, cada vez que el hombre pecador es favorecido con las dádivas del cielo. Esto no solo se cumple en los momentos de plenitud espiritual de la cual podamos gozar, sino que aún en aquellos momentos de fracasos y de infidelidad. Es allí cuando mas lo necesitamos, cuando la tierna voz y fuertes brazos del Salvador se extienden gratuitamente hacia nosotros para levantarnos y fortalecernos a fin de restaurarnos en la carrera que tenemos por delante.

No veo en las escrituras ni puedo concebir a mi Señor, lejos de mí cuando más lo necesito; cuando he fallado y cuando no he cumplido su perfecta voluntad. El ésta conmigo dondequiera que yo vaya porque él lo ha prometido y no falta a sus promesas.

 Tal vez, esto parecerá reprochable para algunos, pero quiero decir con una fuerte convicción y suficiente sustento en la Biblia lo siguiente: La palabra y las promesas de Dios no están vigentes solo cuando estamos llenos del Espíritu Santo, es decir, cuando obedecemos en plenitud y cuando nuestra vida devocional goza de fidelidad y de llenura, o cuando estamos con el fuego del cielo en nuestra actitud y servicio en la obra, sino que Dios permanece eternamente fiel aún en nuestra infidelidad.  Acaso Ud estimado lector ¿no ha pasado momentos de fracaso en tal o cual área o situación de la vida? – Debido a que la respuesta es indiscutiblemente un categórico SI (de lo contrario estaría mintiendo), puedo establecer la siguiente pregunta: ¿en esos momentos de fracaso, Dios le abandonó o permanecía más fiel que nunca? La Biblia nos enseña que Dios permanece fiel y que está a nuestro lado cuando más lo necesitamos.

 Esta declaración es una verdadera bofetada a los religiosos que se esmeran por cancelar los favores divinos con esfuerzos y supuestos méritos y tácitamente enseñar que Dios no es eternamente fiel. Por otra parte, otros en pos de su propio corazón, seguirán insistiendo en que esta enseñanza proviene de lo que ellos llaman “salvos siempre salvos” (término despectivo que algunos utilizan al referirse a los que creemos que la salvación no puede perderse) y argumentan con un espíritu altivo diciendo: “aquí se enseña que podamos hacer lo que queramos debido a que Dios es eternamente fiel…”

Mi estimado lector, si Ud. interpreta eso con lo tratado en este estudio, le debo aclarar que esta rotundamente equivocado. Una cosa no anula la otra.

 La demanda para el creyente es vivir una vida piadosa y santa, alejada de toda contaminación, pero esto, no eclipsa la verdad irrefutable de la eterna fidelidad de Dios. En otras palabras, el creyente verdadero siempre querrá agradar a su Señor y anhela obedecer, pero muchas veces tanto Ud. como yo, fallamos y no por eso dejamos de ser hijos o hemos perdido las promesas perpetuas que Dios nos ha declarado. Es en esos momentos cuando la eterna fidelidad del Señor actúa a favor de nosotros. Si Ud. no reconoce este atributo de Dios, le debo decir que adolece de una preocupante soberbia y desconocimiento de las escrituras. Y como dice el apóstol Pablo:

 “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” 1 Corintios 10:12

  Todo peregrino y extranjero; todo hijo de Dios comprado y redimido por la inapreciable e inigualable sangre de Cristo, ha experimentado o experimentará el incomparable consuelo del reposo en los brazos del Señor, comprobando en su propia vida la incondicional fidelidad de Dios y su magnífica gracia.

 PEL2009

 

 

 

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