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LOS FRUTOS DEL CREYENTE

descargarpdf“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” Juan 15:1-5

Cada creyente es un pámpano o brote que anuncia la llegada de los frutos, revelando con ello la divina circulación de aquella savia que recorre su esencia. No puede haber pámpano de Cristo que no lleve fruto. Esa fue la promesa del Señor Jesús hacia sus discípulos que más tarde, algunos de ellos, serían sus apóstoles. El texto bíblico citado tiene un contenido tan abundante respecto a la doctrina del Padre, de Cristo y de sus discípulos, que es imprescindible comentarla antes de desarrollar este estudio.

En primer lugar, Jesús dice: “Yo soy la vid Verdadera”. Esto es una clara referencia a aquella analogía entre su pueblo Israel y la viña.

¿Qué más se podía hacer a mi viña, que yo no haya hecho en ella? ¿Cómo, esperando yo que diese uvas, ha dado uvas silvestres?… Ciertamente la viña de Jehová de los ejércitos es la casa de Israel” Isaías 5: 4-7

Esta es la vid del fracaso, aquella que en lugar dar un fruto delicioso, dio unas uvas salvajes que no sirven para nada más que para el fuego. Esto tipifica el más rotundo de los fracasos de un pueblo que corría tras una ley de justicia por obras, pero que no la alcanzó (Rom. 9:31). La miseria humana aunque esté cubierta de ropajes espléndidos, sigue siendo un rotundo fracaso ante los ojos de Dios Santo.
Es por esa razón que el Señor Jesús hace un contraste con la Vid verdadera, dejando con ello la conclusión ante la pregunta lógica ¿y quién entonces sería la vid falsa? Mientras que la “vid humana” no puede llevar fruto, la “Vid verdadera” si lleva mucho fruto. Es la continua enseñanza bíblica que habla de las obras y de la fe. Mientras el hombre natural pretende llevar obras como mérito delante de Dios para intercambiar sus favores, aquel que es nacido de Dios sabe que pertenece a una Vid cuya raíz y savia es el propio Señor Jesucristo. Una es la vid del fracaso y la otra que lleva mucho fruto.

En el caso de nuestro Señor Jesucristo que sí es la Vid verdadera que llevará mucho fruto, la escritura dice que el labrador es el Padre. Y no podría ser de otra forma, ya que antes de que la raíz fuera plantada, la tierra había de ser preparada por aquel que tiene el poder para transformarla en buena tierra.
El buen labrador no puede sembrar entre espinos y cardos, pedregales ni menos en medio del camino, detalle que nos trae a la memoria la madre de todas las parábolas.

“Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno. El que tiene oídos para oír, oiga” Mateo 13:8-9

Este texto es parte de la parábola del sembrador cuya semilla cayó en tres distintos lugares; primero en el camino, luego entre pedregales y espinos, pero al final cayó en buena tierra, y es allí exclusivamente donde dio fruto abundante. Las preguntas más importantes al contemplar esta parábola son: ¿Quién preparó la tierra? ¿Quién es el labrador?

Aunque nuestro defectuoso corazón eleva la respuesta a partir de nuestros méritos, diciendo que “la buena tierra” son las personas buenas, nobles o sensibles al evangelio, y que por su cordura y aprecio a la “oferta de salvación”, entendieron, se arrepintieron, abrieron el corazón y recibieron la semilla que les daría vida eterna; la biblia nos presenta la respuesta definitiva y que es diametralmente opuesta a nuestra lógica.

La escritura nos enseña que ninguno de nosotros es bueno como para estar aptos para recibir la semilla que lleva fruto.

“No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” Romanos 3:12

Además se nos dice que no es el hombre quien abre el corazón al llamado del evangelio, sino que es el propio Señor quien lo hace.

“Entonces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía” Hechos 16.14

Finalmente debemos precisar que la biblia presenta exclusivamente a Dios como aquel que prepara la tierra para que esta sea “buena” y así poder recibir la semilla.

“Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios” 1 Corintios 3: 9

Dios es el labrador quien prepara la tierra para que se deposite la semilla que llevará frutos. Este es el misterio del evangelio que nos cuesta aceptar y que declara que Ud. y yo no hemos hecho nada para ser salvos. El evangelio es para la gloria de Dios y no para la gloria del hombre.

Y si Dios es el labrador y su Hijo bendito es la Vid verdadera, entonces debemos concluir por las escrituras, que sus frutos serán necesariamente uvas. Esto descarta aquel axioma humano que pretende enterrar la santidad de Dios y la flama de su ira por causa de nuestro pecado, diciendo: “…de todo hay en la viña del señor”.

Amados hermanos, en la viña del Señor solo hay uvas y nada más. Todo lo demás que no lleve frutos es cortado y echado al fuego.

“El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden” Juan 15:6

Por esta razón, debemos entender que aquel que esta injertado en esta Vid verdadera, debe necesariamente llevar fruto, de lo contrario, solo se evidenciaría que el tal no está en Cristo.
Si alguien dice que es cristiano, pero su vida no evidencia cambios como parte del fruto, es muy probable que solo estemos frente a una vida de concepción religiosa y nada más que eso. El creyente verdadero, cual pámpano, debe tener frutos que exhibir.

El texto selecto del evangelio de Juan 15:1-5 habla de que los pámpanos que llevarán el fruto, ya están limpios por la palabra. Esta declaración es parte de la doctrina de la salvación que habla de la santificación posicional que Dios logra en cada pecador redimido a través de la Palabra de Dios.

“Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado” Juan 15:3

“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” Juan 17:7

“El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad” Santiago 1:18

“Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra” Efesios 5:25-26

La Palabra de Dios viene a ser el agua que santifica y purifica al pecador, de manera que cada creyente, cual pámpano previamente limpiado por la palabra de Cristo, está apto para que lleve y evidencie sus frutos.
Evidentemente, lo frutos de aquellos que recibieron esta enseñanza directamente de los labios del Salvador, fueron toda la obra apostólica que la biblia enseña. El amor por la Palabra de Dios, el amor por los hermanos que conformaban las iglesias que se estaban iniciando y el constante llamado a vivir vidas santas.

Ahora bien, entendiendo que la experiencia apostólica es irrepetible, la pregunta que viene es ¿Cuáles son los frutos que debe mostrar un hijo de Dios?
Aunque podríamos resumir la respuesta citando el fruto del Espíritu que el apóstol Pablo nos enseña en la epístola a los Gálatas 5:22-23, debemos además analizar evidencias inmediatas que deben manifestarse en un individuo que ha experimentado la conversión mediante el arrepentimiento y la acción del Espíritu Santo.

En otras palabras, debemos aceptar que la biblia enseña a que debemos andar llenos del Espíritu, lo que se traduce en una vida en obediencia, situación que no siempre es así en la vida del cristiano. A veces nuestro andar en Cristo carece de evidencias de amor, gozo, paz, paciencia o templanza debido a nuestra propia inconsistencia y desobediencia. El tan solo hecho de dudar a las promesas de Dios ya nos limita a vivir una vida llena del Espíritu Santo.

La llenura del Espíritu Santo es una experiencia de obediencia que cada creyente debe mantener y perseverar en ella; no obstante, si aquello no ocurre, la biblia NO enseña como muchos contumaces que la salvación se pierde, sino que el gozo y la fertilidad de una vida cristiana tienden a apagarse.
Por lo tanto, el fruto del Espíritu está supeditado a nuestra obediencia; en la medida que obedecemos a la palabra de Dios, el fruto del Espíritu se hace manifiesto en nuestra vida, de ahí la continua exhortación apostólica a renunciar a los reclamos de la primitiva naturaleza, a hacer morir lo terrenal en nosotros, a pensar en todo lo puro y amable, etc.

Sin embargo, hay frutos instantáneos y continuos en aquel que ha tenido un encuentro personal con el Salvador mediante la conversión, y estos no son exclusivamente evidencias de ética y moral como los religiosos también exhiben con mucho orgullo, sino que muestras de una obra y un cambio milagroso que Dios hace en una criatura que pasa de las tinieblas a la luz, y que ninguna religión ni religioso puede imitar.

En este estudio, vamos a mencionar tres frutos o evidencias que certifican que la criatura ha pasado de muerte a vida y que ya no transita en el camino ancho y espacioso que lleva a la muerte, sino que ha entrado por la puerta estrecha y que está caminando por el camino angosto que lleva a la vida.

1. Amar la Palabra de Dios

“Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará” Juan 14:23

Debido a la nueva naturaleza que se produce el día de la conversión, el creyente comienza a amar la Palabra de Dios.
Esta es una de las evidencias más objetivas que el creyente verdadero demuestra como fruto o evidencia, y como garantía de ser un legítimo pámpano y miembro de la Vid verdadera, ya que el recibir, amar y guardar la Palabra de Dios a pesar de que esta amonesta y reprende, es un acto de sumisión provocado por el Espíritu Santo, y no hay intervención humana en esta subordinación.

La palabra “guardar” es sinónimo de “Vigilar u observar “, y en el marco de interpretación bíblica, se aplica un imperativo de reverencia hacia la Palabra de Dios que el Espíritu Santo pone inmediatamente en cada creyente . La palabra “guardar” se usa en muchos pasajes de la biblia y uno de los que clarifican mucho más este término es el siguiente:

“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida” Proverbios 4:23

El consejo de la sagrada escritura apunta a que sobre toda cosa “vigilada”, “vigila u observa” tu corazón. No podría ser de otra forma ya que el corazón del ser humano, aún siendo creyente, es perverso y engañoso (Jer. 17: 9)

Ahora bien, respecto al síntoma de conversión de un individuo que nace de nuevo, inmediatamente comienza a “guardar” o “vigilar” la Palabra de Dios como norma de conducta y de fe para su vida, y como un desafío de obediencia diaria. Su intelecto, emociones y voluntad, comienzan un camino de avance hacia la subordinación absoluta a lo que Dios dice en su Palabra.

La biblia enseña que es el Espíritu Santo quien convence de pecado de justicia y de juicio (Juan 16:8) y que solo los creyentes tienen oídos para oír esta palabra (Mateo 13:9).

Recordemos aquel sintomático episodio cuando El Señor Jesucristo predica la palabra dura que confronta la autosuficiencia y orgullo humano a una multitud que lo seguía, pero que al final solo demostró que buscaba los milagros, y no al hacedor de los mismos. Mientras Cristo sanaba leprosos, daba vista a los ciegos o multiplicaba los panes y los peces, muchedumbres salían a su encuentro, no obstante, cuando el Salvador predicaba la santa Palabra de Dios, las mismas multitudes retrocedían y lo abandonaban.

“Y le seguía gran multitud, porque veían las señales que hacía en los enfermos…Cuando alzó Jesús los ojos, y vio que había venido a él gran multitud… Al oírlas (las enseñanzas de Jesús), muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?
Sabiendo Jesús en sí mismo que sus discípulos murmuraban de esto, les dijo: ¿Esto os ofende? Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él. Dijo entonces Jesús a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros? Juan 6: 1-71

Este episodio es tan ilustrativo que nos permite entender que el hombre natural, en su búsqueda de “algo” que sacie su hambre y sed espiritual, esboza trazos de cordura, pero demuestra su esterilidad una vez que se confronta con la colosal e insufrible Palabra de Dios. La multitud seguía al Salvador solo para obtener los beneficios temporales y milagros que Él ofrecía, pero una vez que era presentada la verdadera comida, aquella que a vida eterna permanece y que descubre lo tenebroso del corazón humano, las “agradecidas y saciadas” muchedumbres retrocedían y abandonaban al Salvador.
Este es un fiel cuadro de todas las religiones que pregonan que es el hombre quien busca a Dios y que negocian bendiciones a cambio de fidelidad, obras y méritos. Una vez que son saciados en su búsqueda de sanidad física, económica o sentimental, aquellos “devotos” demuestran un desprecio absoluto a la autoridad de la Palabra de Dios y no la pueden tolerar. No podría, ser de otra forma, ya que la verdadera Palabra de Dios es insoportable para el hombre natural y no la puede recibir.

“Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios” 1 Corintios 1:18

En este mismo episodio, aparece la evidencia del verdadero hijo de Dios, aquel que pese a sus torpezas y desaciertos, ama la Palabra de Dios y la anhela como un elemento vital, aun cuando esta palabra es dura y ofensiva según los cánones humanos.

“Dijo entonces Jesús a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros? Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” Juan 6:67-68

Pedro, aquel rudo pescador tan criticado a través de los tiempos, fue el único que demostró evidencias de haber sido un verdadero discípulo de Cristo. Pese a haber escuchado la incisiva predicación que anula toda acción de los hombres, su amor a la Palabra de Dios se hace evidente como garantía de ser un pámpano limpio que lleva fruto. El creyente ama la Palabra de Dios aun cuando esta le ofende, le reprende y le disciplina.

Es curioso notar que la biblia se compara con elementos para usos muy rudos y pesados. Tal vez quisiéramos que la Palabra de Dios nos exaltara, nos adulara y nos pusiera en un trono para gozar de soberanía. Como nos gustaría que Dios fuera aquel que ha confeccionado la religión, el cual se acomoda de acuerdo a los caprichos de las criaturas. La biblia enseña algo totalmente diferente.

“¿No es mi palabra como fuego, dice Jehová, y como martillo que quebranta la piedra?” Jeremías 23:29

La primera auto descripción de la Palabra de Dios, es el fuego.
Bien sabemos que la biblia presenta a Dios Santo cuyo carácter no soporta el pecado, y que por medio del cual se enciende el fuego de su ira santa. El fuego siempre ha sido la característica de su santidad y de su justo juicio. Así se revela ante Moisés en aquella zarza ardiendo (Ex.3:2) y su figura está claramente explícita en el fuego que consumía aquellas victimas ofrecidas en el altar. No en vano la biblia dice que Él castigará el pecado en el fuego cuya llama nunca se apaga (Marcos 9:44).

Su Palabra demuestra y revela su carácter santo que evidencia y juzga el pecado. Obviamente el hombre natural no puede tolerar la crudeza de aquel que habla y condena el pecado. Por esa razón que las religiones hablan solo tangencialmente del pecado para que la membresía no se incomode y no se vaya. Es seguro que estas iglesias que ostentan multitudes en sus religiones, mantienen a sus feligreses con palabras que los adulan y les exaltan sus virtudes de “súper campeones”.

Tan solo basta con conversar con una persona religiosa que diga que ama a Jesús, y hablarle descarnadamente del pecado que mora en nosotros y de Dios santo que aborrece al pecador y al pecado, para que la persona se incomode y se sienta ofendida. El único que tolera el fuego de la Palabra de Dios, es el creyente verdadero.

La segunda auto descripción de la Palabra de Dios, es el martillo.
Esta herramienta jamás sería utilizada para entretener a un bebe, aún más, si un padre entrega un martillo a su hijo pequeño, sería inmediatamente culpable de irresponsabilidad.
A veces algunos pretenden afirmar que la Palabra de Dios es solo mermelada y golosina a nuestro paladar o una suave pluma que nos acaricia. Pero la biblia revela que la Palabra es como martillo que quebranta la piedra. Es una herramienta ruda y maciza creada para golpear y Dios la utiliza para quebrantar nuestro petrificado corazón, cuya faena, solo la pueden soportar los creyentes.

“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” Hebreos 4:12

La tercera auto descripción de la Palabra de Dios, es la espada de dos filos.
Esta arma utilizada por el soldado está diseñada para matar. Una vez más nos sorprendemos de que la biblia revele que la Palabra de Dios no es un juguete o un accesorio de placer, sino que ahora se nos dice que es una ruda arma que corta y penetra a lo más íntimo del ser humano. Resulta curioso analizar que la biblia habla de que esta espada llega hasta el tuétano que bien sabemos, es la médula ósea desde donde proviene la sangre. Es decir, podríamos inferir que la Palabra de Dios llega hasta la misma esencia e identidad del ser humano. Esta espada corta y desmenuza el alma, el espíritu y evidencia lo que hay en nuestros pensamientos y en nuestro corazón. Es la espada de la Palabra la cual nos “mata” constantemente la antigua naturaleza. Obviamente, esta cruda realidad solo la pueden soportar los creyentes.

“Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era” Santiago 1: 22-24

La cuarta auto descripción de la Palabra de Dios, es el espejo.
El espejo nos permite reflejarnos y contemplarnos tal cual somos. A veces cuando nos miramos de lejos, no detectamos las impurezas e imperfecciones que se hacen claramente visibles cuando nos contemplamos a solo centímetros del espejo, ya que es ahí donde se revela como somos.
La religión presenta a un defectuoso espejo y muy de lejos, de manera que las personas se solacen en una imagen aceptable y “no tan mala” como “los demás”. Ellos son aquellos oidores olvidadizos de la Palabra de Dios que solo usan la biblia como amuleto espanta “cucos”, pero nunca aceptan la imagen que se va revelando en la medida que nos vamos acercando más y más al reflejo que evidencia nuestra condición. En la medida que nos alejamos de Dios, nos consideramos a nosotros mismos y nos olvidamos de nuestra condición, pero si nos acercamos a este “espejo” divino que es la Palabra de Dios, se hace más evidente y más grande la convicción de nuestro pecado y de la necesidad del Salvador. Esta confrontación solo la pueden soportar los creyentes.

Como hemos visto, la Palabra de Dios quema, golpea, parte y evidencia nuestra condición delante de Dios Santo, y solo los creyentes manifiestan este bendito fruto de amarla y guardarla como elemento vital de nutrición y crecimiento en el andar en Cristo.
Es más, esta Palabra que para el mundo es locura, y que los falsos hermanos y religiosos no pueden tolerar, viene a ser la lumbrera para caminar en medio de un mundo en tinieblas y una delicia para aquel que ha nacido de nuevo.

“Lámpara es a mis pies tu palabra, Y lumbrera a mi camino Salmos” 119:105

“Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, Ni estuvo en camino de pecadores, Ni en silla de escarnecedores se ha sentado;
Sino que en la ley de Jehová está su delicia, Y en su ley medita de día y de noche” Salmos 1:1-2

2. Amar a los hermanos y la comunión de los santos

“Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte” 1 Juan 3:14

Todo indica que el apóstol Juan tuvo que presenciar con mucha nitidez el actuar de individuos que haciéndose pasar por “hermanos”, contaminaban la iglesia con enseñanzas y actitudes espurias. Por tal razón, el contenido de sus cartas tiene este sello de advertencia para distinguir los falsos hermanos, los falsos espíritus y las falsas doctrinas; y uno de los puntos cruciales en este discernimiento que Juan entrega, es aquel que habla del amor a los hermanos, a la comunión y a la congregación. Por lo tanto, cualquiera que diga que es creyente, pero evidencia una esterilidad absoluta en la relación con los hermanos, desinterés por la comunión y por congregarse, podríamos decir que habría seria dudas de que el tal sea un verdadero creyente.

Por tal razón, otro fruto y evidencia de un verdadero hijo de Dios, es el amor a los hermanos que el Espíritu de Dios pone en el corazón del creyente. El apóstol Juan enseña de manera categórica que la muestra de que alguien es salvo, se evidencia por el amor hacia el hermano. Por lo tanto, a partir de esto entendemos que la comunión y la práctica de reunirse con los hermanos va más allá de una iniciativa o imperativo religioso, sino que es un anhelo espontaneo que el Espíritu Santo deposita en cada hijo de Dios.

Una vez escuche a una persona que decía: “…no me importa tener comunión con los hermanos ni estar con ellos; mientras tenga comunión con Dios, lo demás no es necesario, por eso no me congrego”.

Esta declaración deja al descubierto que tal persona no ha nacido de nuevo. Tal vez tiene una simpatía por estudiar la biblia y desafío por ampliar su conocimiento, pero no evidencia el cambio milagroso del deseo de congregarse y tener comunión con los santos.
Me temo que muchas personas que asisten a las congregaciones solo buscan simpatía, amistad, y compañía con personas afines, pero que no conocen ni anhelan la comunión. Por tal razón, solo basta con el primer conflicto entre estas personas para que se establezca el quiebre y la separación.

El asunto del amor a los hermanos, no es un asunto sensual, es decir, nuestro amor no debe ser sustentado en el sentimiento de amar, sino que en la voluntad de hacerlo sobre la base de lo que la Palabra de Dios nos manda. Evidentemente aquello significa una continua práctica de comprensión, perdón, paciencia, longanimidad y perseverancia en ser solícitos a la demanda de amar a los hermanos.
Lo importante es que El Espíritu Santo pone en el corazón de cada creyente un amor por los hermanos, el cual se manifiesta en una actitud espontánea de fraternidad y armonía entre aquellos que han nacido de nuevo.

La biblia enseña que una de las prácticas de la iglesia primitiva era justamente perseverar en la “comunión unos con otros”

“Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones” Hechos 2:42

“Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón,” Hechos 2:44-46

El asunto de la comunión parte sobre la base del amor por los hermanos que El Espíritu Santo pone en cada creyente. No puede existir comunión por iniciativa o esfuerzos humanos ya que cada intento será un continuo fracaso y una evidente esterilidad.
Pero cuando está presente el amor por los hermanos que Dios dispensa en cada creyente, la comunión se manifiesta como un hecho sobrenatural para la gloria de Dios.

Esto es lo que enfatiza el apóstol Juan en su epístola citada anteriormente. Es decir, si alguien dice ser creyente y amar a Dios, pero no ama a los hermanos, el tal es mentiroso.

“Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano” 1 Juan 4: 20-21

El término amor ha sido tan prostituido, que solo se rebaja al nivel de sensualidad, erotismo y fugases ideas poéticas sin ninguna consistencia. Las historietas, telenovelas o las exhibiciones íntimas de figuritas famosas, hablan de aquel “amor” que busca hacernos creer que solo se trata de una expresión exclusivamente carnal. De ese modo, amar es la mera atracción física o la apetencia carnal por algo o por alguien.

Como es la tónica, la secularización respecto al verdadero amor ha permeado las paredes de la iglesia, por tal razón es necesario reivindicar la verdad eterna del amor de Dios cuya excelencia escapa de todo pensamiento o concepción humana. El amor de Dios es voluntad y no sentimiento.
En el griego aparecen básicamente dos términos para referirse a la misma palabra “amor” en español, estos son: Agapao y Fileo. El primero es “amar”, el segundo es “querer”.
La diferencia se aprecia con mucha más claridad en aquella conversación que sostuvo el Señor Jesús con Pedro.

“Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Él le dijo: Apacienta mis corderos. Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas. Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas” Juan 21: 16-17

Las tres veces que Jesús le preguntó a Pedro si lo amaba, utilizó la palabra griega “agapao”, sin embargo, Pedro le responde solo con el término “Fileo”. En otras Palabras, Cristo demanda amar en el estricto sentido del amor de Dios, pero Pedro responde con el limitado término humano de “querer”.
La biblia describe al amor “agapao” de manera muy precisa:

“El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” 1 Corintios 13: 4-7

Es importante hacer notar que en la divina descripción del amor no se nombra ninguna propiedad de capacidad humana, sino que es una colosal presentación que confunde nuestra lógica. El leer que el amor es sufrido, que todo lo sufre o que todo lo soporta, no está en nuestra descompuesta naturaleza.

Los hombrecitos hemos creado un concepto de amor poético y lleno de fábulas, que a la más mínima prueba, se desmorona tal cual un castillo de naipes. El amor que exhiben los hombres se fundamenta en la reciprocidad, es decir, “yo amo a quien me ama”; en lo sensual, es decir, la belleza del sentir, ver, oír o palpar. El amor humano es inconsistente ya que se basa en el sentimiento y no en la voluntad. En otras palabras, la biblia nos manda a amar y no, a sentir el amor.

“Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, bendigan a los que les maldicen, hagan bien a los que les aborrecen, y oren por los que les ultrajan y les persiguen; para que sean hijos de su Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. Porque si aman a los que os aman, ¿qué recompensa tendrán? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludan a sus hermanos solamente, ¿qué hacen de más? ¿No proceden así también los gentiles? Sean, pues, ustedes perfectos, como su Padre que está en los cielos es perfecto” Mateo 5: 44-48

Alguien dijo una vez que el nombre glorioso del Señor Jesucristo es el único que puede sustituir el valor sublime del amor de Dios, es decir, hablar del amor “agapao”, es hablar de Cristo, de su obra de entrega y obediencia. Cristo sufrió, fue benigno, no tuvo envidia, nunca se jactó ni se envaneció, ni hizo nada indebido; no buscó lo suyo, no se irritó, no guardó rencor, ni se gozó de la injusticia, pero sí ponderó vehementemente la verdad. Todo lo sufrió, lo creyó, lo esperó y lo soportó por amor a nosotros viles pecadores. Esto sí es amor.

Ese es el amor que Dios pone en cada creyente para tener capacidad de amar a los hermanos por medio del poder del Espíritu Santo, es decir, es una prerrogativa exclusiva de los creyentes el tener a nuestra disposición esta divina aptitud de amar con el amor con que Dios nos amó. Ciertamente, esta espontanea voluntad de amar es atacada constantemente por las miserias de la antigua naturaleza viciada por causa del pecado.

No obstante, ante la constante lucha de una naturaleza caída que parte de la realidad indiscutible del creyente, el amor por los hermanos y por la comunión de los santos es algo que esta y permanece en cada individuo que ha sido regenerado. Es una verdadera evidencia de haber nacido de nuevo. Todo aquel que no anhela congregarse y prefiere compartir con la gente del mundo en lugar de estar con los hermanos, evidencia un preocupante síntoma de que el tal no ha nacido de nuevo.

3. Sensibilidad al Pecado

Esta evidencia es una de las más notables, debido a que es la más difícil de plagiar por el espíritu religioso que el ser humano lleva en su ADN. Las religiones podrán imitar tener reverencias por la Palabra de Dios, y simularán amor a los hermanos, pero difícilmente experimentarán la sensibilidad frente a su propio pecado. Por el contrario, el hombre religioso se vuelve más soberbio que humilde ya que sus largas faenas y litros de sudor otorgadas a Dios tal cual la ofrenda de Caín, se transforman en los créditos que le hace sentir mejor que los demás y hasta merecedor de la salvación eterna. Recordemos la hipócrita plegaria del fariseo que confiaba en sus propias justicias:

“El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano” Lucas 18: 11-12

La persona religiosa que solo entiende intelectualmente el asunto del pecado, y que se esmera con arduos esfuerzos para resistir las demandas de su naturaleza pecaminosa mientras oculta tras las cortinas de la hipocresía las constantes derrotas de su propia iniquidad, proyecta una falsa santidad y se arroga ser mejor y más piadoso que los demás. El hipócrita demanda y exige de los demás lo que el mismo no es capaz de hacer.

“Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen. Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas” Mateo 23:3-4

La sensibilidad del pecado no consiste en vociferar a diestra y siniestra que “soy pecador”, pretendiendo con ello que los ojos de los demás puedan ver cuán “humilde” es aquella persona que publica su miseria. La verdadera sensibilidad al pecado es un continuo pesar que acompaña al creyente desde el día de su conversión; cuando por primera vez aquel individuo no solo dijo ser pecador, sino que se siente pecador. De esta manera para ese hombre o esa mujer rendida por la acción del Espíritu Santo, Cristo deja de ser un mero personaje histórico o religioso que “murió por todos”, y se transforma en aquel Salvador personal que murió para llevar sus pecados de manera individual. Recordemos la oración del publicano, tan radicalmente opuesta a la del fariseo que observamos en el párrafo anterior.

“Más el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador” Lucas 18:13

Un gran ejemplo lo encontramos en la vida de Job. Que distintos resultados se obtienen al analizar este libro entre el prisma religioso y el del punto de vista bíblico sobre la base de la gracia de Dios.
Si lo vemos religiosamente, jamás descubriremos cuando opera la gracia de Dios y solo observaremos que Job era un hombre extraordinario y que a pesar de todo resiste la prueba, la angustia y el dolor, para finalmente coronar su paciencia con la restauración debido a sus méritos.

Pero lejos de esta óptica religiosa que en nada aporta a la relación del hombre con Dios, es importante precisar que la experiencia de Job declara la íntima relación de un verdadero creyente que a pesar del extremo de la prueba y aún en medio de la contradicción de sus reclamos y hasta blasfemias, es decir, en medio del pozo del fracaso, la eterna fidelidad de Dios y de su gracia, se mantienen inmutables y disponibles en ese encuentro en el cual no puede participar nadie más, ni aún los más cercanos y amados. Es el encuentro a “solas con Dios” que Job tuvo que experimentar en el más rotundo de sus fracasos para luego poder ensalzar al dador de toda dádiva y reconocer que los méritos son exclusivamente de él. No en vano está la más profunda de las declaraciones de un Job que ya no sustentaba su relación con Dios en lo que él podía hacer o dejar de hacer, sino que evidencia una sobrenatural sensibilidad a su propio pecado y la estricta necesidad de ponderar y alabar la bondad, la gracia y la misericordia de Dios.

“Y respondió Job a Jehová, y dijo: Yo conozco que todo lo puedes, Y que no hay pensamiento que se esconda de ti. ¿Quién es el que oscurece el consejo sin entendimiento? Por tanto, yo hablaba lo que no entendía; Cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía. Oye, te ruego, y hablaré; Te preguntaré, y tú me enseñarás. De oídas te había oído; Mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, Y me arrepiento en polvo y ceniza” Job 42:1-6

En este memorable pasaje se aprecia nítidamente la sensibilidad al pecado que solo el Espíritu Santo puede producir en un individuo. Es aquel dolor de ofender a Dios aún en lo más mínimo. Es Job que recibe una tremenda revelación que descubre quien es él delante de Dios; Es otra criatura. Ya no confiando en sus propias justicias, sino que descansa en aquel que cubre sus iniquidades (Rom. 4:7-8)

Por lo general los hombres dan categoría al pecado; algunos los han dividido en pecados veniales y otros mortales. De esta manera el hombre religioso piensa que Dios no se aíra tanto cuando cometemos supuestos “pecadillos” los cuales no serían comparables con los de los otros hombres borrachos, ladrones, adúlteros, etc. El hombre religioso no tiene sensibilidad a su propio pecado, y confía en la aprobación de Dios como quien aprueba un examen con una nota determinada.

Dios exige perfección para aprobar y para satisfacer las demandas de su perfecta justicia. Aunque el hombre cumpla 9 de los 10 mandamientos que Dios manifestó, no es aprobado para ser salvo.

“Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos” Santiago 2:10

Este texto echa por tierra aquella soberbia actitud religiosa de los hombres que pretenden ser salvos y justificados por mayoría de votos. Nadie cumplió la ley, solo uno: Cristo, y todo aquel que está en él, es justificado y Dios lo hace apto para entrar al Reino de Dios.

“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” Romanos 5:1

Pero la naturaleza caída del hombre siempre pretende ofrecer obras y cantidad de trabajo para cancelar la entrada al cielo. En otras palabras, por mucho que los hombrecitos, y en particular los religiosos, hablen de pecado, ellos no tienen ninguna sensibilidad a su propio pecado porque no han nacido de nuevo.

La obra sobrenatural del Espíritu Santo en un creyente es precisamente convencerlo de pecado. El creyente en su cambio de manera de pensar, sabe y siente que ofende a Dios por causa de su propio pecado.
Un individuo no puede tener sensibilidad al pecado, sino por una acción directa del Espíritu Santo.

“Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” Juan 16:8

Otro ejemplo notable lo encontramos en la persona de David. Creo que si preguntásemos a las personas ¿Qué recuerdan de la vida de David? Tal vez al unísono dirían: “….es el rey que adulteró con la mujer de Urías el Heteo”.
El gran fracaso de David es lo que lo perpetuó en la memoria y en los anales de la historia. Nadie quisiera dejar como recuerdo un lamentable episodio como aquel que protagonizó David. Porque es necesario precisar que David no solo adulteró con Betsabé, sino que fue asesino intelectual del marido de ella.

Los hombrecitos hacen arcadas ante tan abominable actitud de David, sin siquiera pensar que ellos mismos harían lo mismo o quizá cosas peores que él.
El hombre natural exhibe los pecados ajenos de manera tan hipócrita que no les permite observar los suyos propios. No en vano el Señor Jesús precisó:

“Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” Mateo 5:27-28

“No lo que entra en la boca contamina al hombre; mas lo que sale de la boca, esto contamina al hombre” Mateo 15:11

Es increíble, pero es el mismo pecado del hombre que lo convence de que no es tan pecador como “los demás” y que Dios no puede ser “tan severo” como para castigar eternamente a alguien que hizo buenas obras y que solo cometió pecados veniales. El pecado se transforma en el caldo de cultivo para que la religión (cualquiera sea) elabore la espesa dosis de anestesia que adormece la conciencia del pecador a tal punto que no se siente “tan malo” ni “tan injusto” como para que Dios no lo apruebe. La biblia dice:

“Hay camino que al hombre le parece derecho; Pero su fin es camino de muerte” Proverbios 14:12

¿Cuál será el camino que al hombre le parece derecho? La religión (cualquiera sea) representa aquella senda limpia que adormece a los hombres, haciéndolos sentir buenos y merecedores o capaces de llegar al cielo y obtener la salvación. Ese camino que parece recto o derecho, es una verdadera autopista que lleva al infierno. Mientras que la biblia dice que el hombre está completamente descompuesto, y por consecuencia, destituido de la gloria de Dios (Rom. 3.23), los hombrecitos insisten en que sí tienen buenas obras o pueden producirlas para lograr la dignidad necesaria de entrar al cielo. En otras palabras, las criaturas pretenden canjean con obras la entrada a la gloria. Que insulto al Señor!!

Como vemos, esta idea anula por completo cualquier posibilidad de sensibilidad al pecado que el hombre natural pueda tener.

Así que, no obstante al anterior relato del fracaso de David, es muy necesario exponer con mucha fuerza aquella obra extraordinaria que el Espíritu Santo hizo en él para la gloria de Dios. Es el arrepentimiento genuino y la sensibilidad al pecado que lo acompañó el resto de su vida. Es cierto, nadie exalta la humildad de David, pero sí la miseria de su pecado. El hombre odia al pecador pero ama el pecado a ocultas. Esta perspectiva no humana, pero divina, es la que el Espíritu Santo pone en el corazón de cada creyente.

Fue el fracaso de David que permitió la exaltación de la gracia y de las misericordias de Dios.

“Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad, Y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones, Y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, Y he hecho lo malo delante de tus ojos; Para que seas reconocido justo en tu palabra, Y tenido por puro en tu juicio” Salmos 51: 1-4

Esta entrañable oración sí que es digna de recordar, ya que se trata del fruto de un verdadero creyente arrepentido y con una amplia sensibilidad a su propio pecado. Note que David se apropia de “su” pecado y de la ofensa a Dios. Él y solo él es el responsable de su pecado. Nunca culpa a un tercero ni pretende justificar su transgresión.
Mientras que los religiosos exponen a David como un canalla, el creyente lo exhibe como aquel pecador arrepentido que honra a Dios por la obra del Espíritu Santo al darle la sensibilidad frente a su propio pecado.

Ante este punto, recordemos al apóstol Pablo que nos recomienda como actuar frente al pecado de un hermano.

“Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado” Gálatas 6:1

Esta enseñanza apostólica evidencia lo que se ha estado argumentando en las líneas anteriores. Cada uno de nosotros debe tener una amplia convicción de pecado y de debilidad, que solo la gracia de Dios y el poder su Santo Espíritu puede ayudarnos a hacer frente. Ninguno que se diga hijo de Dios podrá sentirse firme en sí mismo y arrogante con aquel que ha caído en el error. Por lo tanto, la sensibilidad al pecado significa estar convencidos de nuestra propia bajeza y de la misericordia y altura de mira con la realidad y la bajeza de su prójimo.

Finalmente, observemos tres ejemplos de creyentes que la biblia nos muestra respecto a este asunto sobre la sensibilidad al pecado.
El profeta Isaías luego de contemplar aquella espectacular visión, lo primero que atinó a expresar, fue producto de la sensibilidad frente a su propio pecado y ante el Dios santo y tres veces santo:

“Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” Isaías 6:5

De la misma forma, Maria al ser notificada por el ángel de que había sido escogida para ser madre de Jesús, evidenció su indiscutible convicción de pecado lo que revelaba su legítima humildad y sensibilidad:

“Entonces María dijo: Engrandece mi alma al Señor; Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la bajeza de su sierva” Lucas 1: 46-48

Finalmente, Pablo convicto del Espíritu Santo y con una amplia convicción de su propia pecaminosidad, sentía que en la lista de los pecadores, él debía ser el primero.

“Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” 1 Timoteo 1:15

En resumen, solo el creyente verdadero es aquel que logra tener aquella sensibilidad al pecado y su deseo de huir de toda iniquidad. Es el verdadero hijo de Dios quien comienza a odiar lo que Dios odia y a amar lo que él ama; Es el individuo regenerado que se entristece cada vez que ofende al Dios Santo y contristar al Espíritu que mora en él.

Como hemos visto de manera directa y concreta, hay al menos tres evidencias que deben manifestarse necesariamente en un creyente verdadero; amar la Palabra de Dios, amar a los hermanos y la comunión, y tener una sensibilidad frente al pecado. Nadie que haya nacido de nuevo puede amar a Dios y su Palabra, y no amar a sus hermanos. De la misma forma, sería absurdo si alguien que se dice hijo de Dios, desprecie su Palabra y ame el pecado.
Estas tres evidencias son consecuencia de un hecho sobrenatural y de lo que conocemos como conversión. Es el giro en 180° de un individuo que pasa desde las tinieblas a la luz admirable; desde la condenación a la justificación; de la esclavitud del pecado a la esclavitud de la justicia.

Amados hermanos, que la gracia de Dios nos ayude para  que cada día  que el Señor nos da en su misericordia, amemos más su palabra, a los hermanos, y que crezca aún más la sensibilidad frente a nuestro propio pecado que mora en nosotros. Que así sea. Amén.

PEL10/2014

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2 Respuestas a LOS FRUTOS DEL CREYENTE

  1. avatar abel dice:

    Dios los bendiga grandemente este estudio es de gran bendicion para mi vida

  2. avatar Jorge Julio Palma dice:

    queridos hermanos en Cristo, una vez mas , de las mas y mas que agradezco al Señor, por haberme indicado ya hace tiempo haber comenzado a sintonizar por internet la radio spg y los mensajes que como el de la navidad pagana, y los frutos del creyente son parte ya de estudios que comparto con hermanos que se sienten hasta sorprendidos de ver como en nuestras iglesias permitimos que las tradiciones paganas confundan la grey de Dios, muchas gracias por la dedidacion de enseñar la Sana Doctrina. Tambien agradezco al Señor por este estudio , es de grande , grande bendicion !!! GRACIAS HERMANOS Y ADELANTE !!!!

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